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Algunos apuntes sobre El tema de nuestro tiempo

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Algunos apuntes sobre El tema de nuestro tiempo
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  José Ortega y Gasset  –     El tema de nuestro tiempo  (1938) Capítulo I: La idea de las generaciones. -   Ortega sobre la forma en que concebimos como componentes de una realidad  , lo que no es sino una producción cultural, del mismo carácter a una creación contemporánea, solo que conclusa dada por hecho a priori  por su carácter pretérito: “Lo hecho por otros, ejecutado, perfecto en el sentido de concluso, se adelanta hacia nosotros con una unción particular: aparece como consagrado y, puesto que no lo hemos labrado nosotros, tendemos a creer que no ha sido obra de nadie, que es la realidad misma. Hay un momento en que las ideas de nuestros maestros no nos parecen opiniones de unos hombres determinados, sino la verdad misma, anónimamente descendida sobre la tierra. ”  (pp. 18). Esta disposición a conferir tal autoridad, casi de carácter axiomático, a los planteamientos de un pasado, es lo que Ortega definirá como el estadio tradicionalista del hombre. Capítulo II: Sobre la previsión del futuro -   Sobre el rol del intelectual y la facultad inminente de una lectura de nuestros tiempos, siempre y cuando seamos capaces de abstraernos y analizar el período que vivimos de la historia no como un cénit o un clímax al cual se ha llegado, sino diacrónica como un instante más como los demás momentos que han acontecido en la historia: “No es admisible que las personas obligadas por sus relevantes condiciones intelectuales a asumir la responsabilidad de nuestro tiempo vivan como el vulgo, a la deriva, atenidas a las superficiales vicisitudes de cada momento, sin buscar una vigorosa y amplia orientación en los rumbos de la historia. Porque ésta no es un puro azar indócil a toda previsión. No cabe, ciertamente, predecir los hechos singulares que mañana van a acontecer; pero tampoco sería de verdadero interés pareja predicción. Es, en cambio, perfectamente posible prever el sentido típico del futuro próximo. Dicho de otra manera: acaecen en una época mil azares imprevisibles; pero ella misma no es un azar, posee una contextura fija e inequívoca. Pasa lo propio con los destinos individuales:  nadie sabe lo que le va a acontecer mañana, pero sí sabe cuál es su carácter, sus apetitos, sus energías y, por tanto, cuál será el estilo de sus reacciones ante aquellos accidentes.  Toda vida tiene una órbita normal preestablecida, en cuya línea pone al azar, sin desvirtuarla esencialmente, sus sinuosidades e indentaciones.” (pp. 24).  -   Según Ortega, no es en la observación política donde apreciamos los cambios que realmente acontecen al individuo, dado que se considera a esta, dado su carácter contingente, como una manifestación expresa y desencadenada de cambios que ya han sido impulsados en otros dominios, considerando que la vanguardia intelectual se haya en las ciencias. Sobre esto, precisa: “Nuestra generación, si no quiere quedar a espaldas de su propio destino, tiene que orientarse en los caracteres generales de la ciencia que hoy se hace, en vez de fijarse en la política del presente, que es toda ella anacrónica y mera resonancia de una sensibilidad fenecida. De lo que hoy se empieza a pensar depende lo que mañana se vivirá en las plazuelas.” (pp. 30). Capítulo V: El doble imperativo -   Explica Ortega en este episodio una idea central del ensayo: cómo hemos pasado, de un estadio tradicionalista, hacia uno racionalista, en el cual nos encontramos con el gran problema de una cultura, una razón pura que ha terminado por ser, en lugar de una herramienta para nuestra vida, el imperativo mediante el cual regiremos nuestra vida humana: “La cultura nace del fondo viviente del sujeto y es, como he dicho con deliberada reiteración, vida  sensu stricto , espontaneidad, “subjetividad”. Poco a poco la ciencia, la ética, el arte, la fe religiosa, la norma jurídica se van desprendiendo del sujeto y adquiriendo consistencia, valor independiente,  prestigio, autoridad. Llega un momento en que la vida misma que crea todo eso se inclina ante ello, se rinde ante su obra y se pone a su servicio. La cultura se ha objetivado, se ha contrapuesto a la subjetividad que la  engendró.  Ob-jeto, “obj - ectum” , “Gegenstand” significan eso: lo contra- puesto, lo que por sí mismo se afirma y opone al sujeto como su ley, su regla, su gobierno. En este punto celebra la cultura su sazón mejor. Pero esa contraposición a la vida, esa su distancia al sujeto tiene que mantenerse dentro de ciertos límites. La cultura solo pervive mientras sigue recibiendo constante flujo vital de los sujetos. Cuando esa transfusión se interrumpe, y la cultura se aleja, no tarda en secarse y hieratizarse.” (pp. 58).   Capítulo VI: Las dos ironías o Sócrates y Don Juan -   En este capítulo aclara explícitamente a qué refiere ese tema que titula a la obra. Acerca de las figuras de Sócrates y Don Juan, encuentra en ambas personalidades un dejo irónico. Mientras la ironía, según Ortega, se manifiesta en Sócrates a través de una mirada y estudio hacia la vida, partiendo desde una razón pura , una abstracción incompatible con la vitalidad, tenemos a Don Juan también siendo ejemplo de otro tipo de ironía; dado que el autor considera no menos errado a este último, quien se subleva contra la moral, no obstante, pone la primera piedra hacia un desarrollo de una ética que tenga como norma primera una plenitud vital. En otras palabras, el tema de nuestro tiempo, según Ortega, es un escenario donde la razón pura tiene que ceder  su imperio a la razón vital. Cita del autor: “  El tema de nuestro tiempo consiste en someter la razón a la vitalidad, localizarla dentro de lo biológico, supeditarla a lo espontáneo. Dentro de pocos años parecerá absurdo que se haya exigido a la vida ponerse al servicio de la cultura. La misión del tiempo nuevo es precisamente convertir la relación y mostrar que es la cultura, la razón, el arte, la ética quienes han de servir a la vida.  Nuestra actitud contiene pues, una nueva ironía, de signo inverso a la socrática. Mientras Sócrates desconfiaba de lo espontáneo y lo miraba a través de las normas racionales, el hombre del presente desconfía de la razón y la juzga a través de la  espontaneidad. No niega la razón, pero reprime y burla sus pretensiones de soberanía .” (pp. 67).   Capítulo X: La doctrina del punto de vista -   Ensambla Ortega aquí más explícitamente el perspectivismo hacia el que apunta su ensayo, proponiendo la  perspectiva  como una inexorable selección (sea esta o no  premeditada) de un conjunto de características puntuales y definidas de “la realidad”; y, a su vez, sentencia cómo cada perspectiva no es sino una porción de una realidad mayor. Sobre esto, el autor ejemplifica: “Desde distintos puntos de vista los dos hombres miran el mismo paisaje. Sin embargo, no ven lo mismo. La distinta situación hace que el paisaje se organice ante ambos de distinta manera. Lo que para uno ocupa el primer término y acusa con vigor todos sus detalles,  para el otro se halla en el último y queda oscuro o borroso. Además, como las cosas puestas unas detrás de otras se ocultan en todo o en parte, cada uno de ellos percibirá porciones del paisaje que al otro no llegan. ¿Tendría sentido que cada cual declarase falso el paisaje ajeno? Evidentemente, no; tan real es el uno como el otro. Pero tampoco tendría sentido que puestos de acuerdo, en vista de no coincidir sus paisajes, los juzgasen ilusorios. Esto supondría un tercer paisaje auténtico, el cual no se halla sometido a las mismas condiciones que los otros dos. Ahora bien, ese paisaje arquetípico no existe ni puede existir. La realidad cósmica es tal, que solo puede ser vista  bajo una determinada perspectiva. La perspectiva es uno de los componentes de la realidad.  Lejos de ser su deformación, es su organización.  Una realidad que, vista desde cualquier punto resultase siempre idéntica, es un concepto absurdo.” (pp. 107).    Apéndice I: El ocaso de las revoluciones -   Dispone Ortega la historia de las sociedades como una constante repetición de tres  períodos: uno de formación, un período tradicionalista, donde es la tradición la que se impone, aquel donde la existencia colectiva impera; uno de revolución, donde el individuo se encuentra a sí mismo y pretende moldear la realidad de acuerdo con la razón pura , moldear la realidad a la abstracción y no en un sentido inverso. En último lugar, plantea la existencia de un período antirrevolucionario, donde el interés político disminuye y el hombre se torna cobarde: faltan motivos en los cuales creer, la superstición aumenta y, dada la falta de esperanza en que se ve sumido el hombre, el hombre se vuelve servil y busca figuras a quienes seguir, sean estos gurús, ídolos o símbolos de distinto tipo. Ortega posiciona al hombre contemporáneo en este estadio.   -   Otra idea interesante aquí dispuesta es cómo el racionalismo exacerbado y, sobre todo, el pensamiento occidental, han fallado al posicionar al hombre individual como el principio de todo, acerca de esto, el autor refiere:   “Ha sido un puro error suponer que la conciencia de la propia individualidad era una noción primaria y como absrcen en el hombre. Se pretendía que el ser humano se siente srcinalmente individuo y que luego busca a otros hombres para formar con ellos sociedad. La verdad es lo contrario: comienza el sujeto por sentirse elemento de un grupo, y solo después va separándose de él y conquistando  poco a poco la conciencia de su singularidad. Primero es el “nosotros” y luego el “yo”. […] el hombre va descubriendo su individualidad en la medida en que va situándose hostil a la colectividad y opuesto a la tradición. ” (pp. 128).   Desprendemos de esto, pues, que el hombre no es capaz de identificarse como un “yo” sino hasta después del momento en que se reconoce como una fracción de un “todo” mayor; no obstante, para reconocerse a sí mismo como una conciencia existente dentro de una realidad mayor y, a su vez, semejante a otras  subjetividades  similares a él, debe necesariamente reconocerse una especie mayor antes de seccionarla lo suficiente como para tenerse solo a sí
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