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El espacio público: las cosas colectivas, Juan Carlos Pérgolis, Juan Carlos Pérgolis

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    Publicado en la Columna “Espacio Público”, periódico LAHOJA. 2008   El espacio público: las cosas colectivas Juan Carlos Pérgolis Hace unos años, el teórico italiano Marco Romano escribió un artículoque llamó Ciudadanos sin ciudad  ; allí se preguntaba porqué nos cuesta tantoasumir las cosas colectivas, las que son de todos -como el espacio de la ciudad-y hacía una asombrosa reflexión, señalaba que así como el deseo de amar está impreso en el alma hasta que encuentra su objeto amado, así el deseo de las cosas colectivas existe en lo más íntimo de las personas y lo que lo despierta es algún objeto al que pueda darle un nombre reconocido  . Sin dudas, es cierto, yaque nada nos mueve más hacia la ciudad que el impulso por participar de locolectivo: un paseo con amigos, la tarde en un parque o el conciertomultitudinario y nada nos enorgullece más como ciudadanos que mostrar lo quees de todos: nuestra  ciudad.Más adelante, Romano agrega que para ser reconocidas por los ciudadanos, entre los signos de su sentimiento de pertenencia a una comunidad,las cosas colectivas deben mostrarse como objetos que vienen de lejos y van lejos  , tienen historia y futuro, porque nadie confiaría su propia identidad  – que esconciencia y seguridad de sí mismo en el tiempo- en objetos recién inventados,sin raíces y sin garantía de futuro.Entonces entendí porqué nos cuesta tanto asumir, o aunque seareconocer el Palacio de Justicia en la Plaza de Bolívar, nuestra  plaza y entendítambién el porqué de los esfuerzos hechos hace unos años por cubrirlo conenormes fotomurales. Finalmente entendí también que mientras más lo alejan dela población encerrándolo en vallas y llenando de prohibiciones el espacio que lorodea, menos será reconocido por la población.  Pero el Palacio de Justicia no es el único ejemplo, tal vez sea uno de losmás representativos de lo que ocurre con la arquitectura y con la ciudad de losedificios del poder, pero en cuántos lugares de Bogotá ocurre lo mismo, encuántos se antepone algún caprichoso interés personal ante lo colectivo sintener en cuenta que la comunidad está ávida de cosas colectivas y cuando lasencuentra es ella misma quien las nombra, quien les descubre un pasado  – quees historia- y les señala un futuro. Porque el día en que cada edificio, cada calle,cada rincón de Bogotá puedan ser nombrados y reconocidos por los ciudadanos,no tendremos dudas de nuestra identidad y la ciudad podrá ser el objeto ysatisfacer el deseo por las cosas colectivas. El espacio público: el mar   Juan Carlos Pérgolis Después de una conferencia en Barranquilla, un grupo de estudiantes mecomentó su interés por viajar a la capital.  –   No conocemos Bogotá, selamentaron algunos y sin dudas, la queja era justificada ya que para ellos eraimprescindible conocer el desarrollo y los problemas de la metrópolis, suarquitectura y las transformaciones de su espacio público. Mientras losentusiasmaba para organizar un viaje a la capital, pensaba que muchos de misestudiantes bogotanos nunca han estado en la orilla del inexplicable mar  , comolo definiera Camôes.En el plano infinito del mar se vive el presente y cada instante tiene unadimensión única; frente al mar no hay tiempo, no hay que poner el presente enfunción de futuros proyectos, observa Claudio Magris en el prólogo de El infinito viajar. Qué pensarían mis alumnos, que nunca han estado en una playa o en elborde de un acantilado viendo discurrir el mar y transcurrir la vida, sin la prisa dela ciudad, que nos exige acabar un momento, pasarlo rápidamente para iniciarotro igualmente acelerado y siempre en camino a algún futuro proyecto: el  encuentro o el desencuentro; no viven para vivir, viven para después decir quehan vivido. Nadie desea lo que no conoce, ¿cómo hago para crear en misalumnos el deseo de un mar que no conocen?Los estudiantes de Barranquilla anhelaban la ciudad laberinto,desorientarse en cualquier rincón, descubrir lo imprevisto, porque nada atraetanto como el misterio, como lo desconocido que puede presentarse a la vueltade cualquier esquina. Pero el gran laberinto es el mar, que igual que el desierto,muestra infinitos caminos: un paisaje para dejarse llevar por el laberinto de lavida, para zambullirse en el inconsciente, desorientarse en él o descubrir loimprevisto allí donde pensábamos que todo estaba previsto.El mar es masculino, pero para quienes lo han vivido de cerca:pescadores y poetas  – vuelvo a pensar en Camôes- el mar es femenino, la mar.  Repito entonces la pregunta pero ahora en su género correcto ¿cómo hago paracrear en mis alumnos el deseo de una mar  que no conocen? ¿cómo hago paraque el anhelo los guíe a ese espacio sin límites que ofrece bahías serenas yescollos, placeres y tormentas, lejanías y retornos?Los sentimientos ante el mar nunca son abstractos, se confunden en larealidad de un recuerdo ancestral: en el mar nació la vida y muchos añosdespués subió a la tierra Espacio Público: La privatización de la imagen en Bogotá   Juan Carlos Pérgolis.   Ciudades como París y Roma compiten por ser las más fotografiadas porciudadanos y turistas; saben que ese título  – que se otorga anualmente- es unreconocimiento no sólo a la belleza de la arquitectura y los espacios urbanos,sino también al encanto de su ambiente, que sugiere la foto de una esquina, de  la perspectiva de una calle o del gesto de una fachada. A ningún parisino oromano se le ocurriría impedir que el visitante fotografíe su calle o su fachada,por el contrario colaboran, con orgullo, para el logro de la imagen. Algo asítambién ocurre en Montevideo, Buenos Aires o Santiago, de donde los turistasregresan con cantidades de fotos que se revierten en nuevos turistas que viajana esos lugares.Bogotá podría ser como cualquiera de esas ciudades: no le faltan cualidadesarquitectónicas o urbanísticas, enmarcadas en un inigualable entorno natural.Tampoco le falta encanto al ambiente o a los pequeños gestos: la vida en unatienda de esquina, la línea de una cornisa contrastando con la textura blanda delcerro, la luz mágica de las últimas horas de la tarde, el rasgo republicano omoderno de alguna fachada.Pero qué difícil es fotografiar a Bogotá... los que tratamos que nuestros alumnosdescubran los atractivos de la ciudad y de la vida en ella, sabemos que en algúnmomento tendremos que rescatarlos de alguna estación de policía, porque estaban fotografiando la calle o el parque sin permiso. ¿Cómo hará un turistapara saber qué puede y qué no puede fotografiar de aquello que se supone quees de todos, incluyéndolo a él, al visitante?Los que amamos la vida de la ciudad y nos maravillan sus lugares, sabemostambién, que en otro momento tendremos que enfrentarnos con algún celador ovigilante privado que impide fotografiar el espacio público  – que es de todos-porque allí en esa esquina o en esa calle vive alguien que no desea serfotografiado, como esas divas de Hollywood que en su breve cuarto de horahuyen de los paparazzi  . Sin embargo aquí no se fotografían intimidades sinoespacios y lugares de la ciudad sobre los cuales el vigilante privado de unavivienda -o de una institución- no tiene autoridad; aunque los veamos poniendoconos anaranjados para que, en el espacio de todos y donde nadie  – por decretode la Alcaldía- puede estacionar, lo hagan los vehículos de “sus” patrones.
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