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Vampiro Alianza del Grial - Libro 2 - La Música de las Lenguas Muertas

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World of Darkness - Mundo de Tinieblas: LA MÚSICA DE LAS LENGUAS MUERTAS (Trilogía: Vampiro. La Alianza del Grial , vol.2) David Niall Wilson To Speak in Lifeless Tongues Traducción: Carlos Lacasa Martín PRIMERA PARTE _____ 1 _____ La noche cayó lentamente sobre los muros del Convento de Nuestra Señora de las Lágrimas Amargas. Contra un horizonte anaranjado y nubes coloreadas, el edificio guardaba silencio sobre la cima de una pequeña elevación frente a las inmensas cumbres de las Montañas C
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  World of Darkness  - Mundo de Tinieblas: LA MÚSICA DE LAS LENGUAS MUERTAS (Trilogía: Vampiro. La Alianza del Grial , vol.2) David Niall Wilson To Speak in Lifeless Tongues  Traducción: Carlos Lacasa Martín   PRIMERA PARTE    _____ 1 _____  La noche cayó lentamente sobre los muros del Convento de Nuestra Señora de las Lágrimas Amargas. Contra un horizonte anaranjado y nubes coloreadas, el edificio guardaba silencio sobre la cima de una pequeña elevación frente a las inmensas cumbres de las Montañas Cambrianas. Los últimos rayos surgieron entre los picos, proyectándose en ángulos extraños y produciendo enormes sombras alargadas sobre las viejas murallas de piedra, como si trataran de descubrir secretos enterrados hace mucho. No había movimiento en los jardines, y la campana de la pequeña capilla estaba en silencio. Había llegado la hora de la meditación, llevando a las hermanas a la comunión con su Señor. Cada una se había retirado a su celda, aguardando expectantes. Todas esperaban que acudieran Él o su sirviente, y todas creían en lo más profundo de su corazón que aquella vez les tocaría a ellas.  Tras las pesadas puertas de roble de la cámara de la Madre Superiora el silencio era roto por una pesada respiración entrecortada que surgía de una de las esquinas oscuras. La pequeña mesa que se encontraba frente a la ventana (desde la que se dominaba todo el valle) estaba servida con la cena intacta. Las moscas zumbaban sobre los restos putrefactos de la comida, y un enfermizo hedor inundaba el aire.  A medida que las últimas luces escapaban de la habitación, una silla crujió. Los viejos huesos protestaron mientras los miembros inmóviles volvían una vez más a la vida. Una tos frágil y áspera fue seguida por el sonido brillante del pedernal. La mecha de una esbelta vela comenzó a arder, temblando suavemente ante la brisa proveniente de la ventana. Un rostro asustado se hizo visible. La Madre Agnes estaba sentada con las dos manos en la base de la vela, ignorando la cera caliente que resbalaba por los laterales hasta sus manos. Observó directamente la ventana, esperando. Como hacían las hermanas que ya no seguían su consejo, pensó que podría venir, y aquella idea le produjo un escalofrío. En su espera no había calor. La muerte llega para todos los que la aguardan, y Agnes sentía que su hora estaba cercana. No había otro modo de explicar la locura, y su Dios no respondía a sus plegarias. Habían pasado tantas noches desde que acudiera por primera vez a ellas, tantas noches oscuras e interminables... Tal belleza... Nunca en todos sus años de servicio a su Redentor se había sentido tan irremediablemente atraída hacia un hombre. Debería haberlo sabido, haberse dado cuenta de que sucedía algo malo. Nada importaba cuanto posaba sus ojos en ella; nada salvo agradarle. Incluso su fe desaparecía. Había tomado sus creencias y las había retorcido, devolviéndolas solo cuando estaban ajadas e inútiles. Más allá de la ventana un lobo aulló, provocando un nuevo escalofrío que estuvo a punto de dar con los huesos débiles de la mujer en el suelo. La luz que pudiera haber en la noche había desaparecido por completo. La luna aún no se había alzado hasta su trono blanco, dejando al mundo envuelto en un manto negro, un manto fúnebre. No había modo de saber qué había ahí afuera, pero Agnes estaba segura. Lo sentía en su corazón de corazones: la llegada de la eternidad y la ausencia de la luz. Rezó entrecortadamente, un gemido grave y lastimero apenas más comprensible para ella que para cualquiera que hubiera podido oírla. Los versos estaban cambiados y errados, mezclándose y  fundiéndose mientras intentaba conservar un pensamiento coherente. Logró un ancla para la cordura al aferrarse a la paciencia de los condenados y desesperados. La caravana de suministros llegaría pronto. Habría hablado con las aldeas bajo las montañas, y el Padre Joseph estaría con ellos. Llegaría, Dios lo quisiera, durante el día, y Agnes encontraría el modo de hacer que su lengua funcionara correctamente. Reuniría la fuerza para acercarse a él y describirle el Infierno que había caído sobre el convento. Lograría que el padre expulsara el mal o perecería en el intento, pero para todo eso quedaba menos de un día. Del exterior de la ventana llegó el roce de la tela contra la piedra, lo que hizo que la mujer se acurrucara aún más en las sombras, deseando que su corazón se detuviera y asustándose ante el mero sonido de su propia respiración. Sintió la madera de la silla y la piedra fría del muro a su espalda, y se imaginó como parte de ellos, inanimada e invisible para cualquiera que le buscara. Vana esperanza. La sombra surgió del alféizar de la ventana y se deslizó hasta quedar en pie, dentro de la cámara. Ni siquiera le quedaban fuerzas para gritar. La figura surgió repentinamente junto a ella. Agnes no había registrado movimiento alguno en su mente, pero había aparecido a su lado, inclinándose para rozar su oreja con los labios. Le habló y trató de retirarse. Las palabras de la plegaria se hicieron más caóticas e incoherentes, y la fuerza sangró de su cuerpo mientras se apretaba contra el respaldo de la silla, clavando las uñas en la madera hasta rompérselas. Alzó la mirada hacia el techo evitando la del visitante, pero las palabras se filtraban por la muralla que había erigido tan fácilmente como el viento por una puerta desencajada. Sintió el sabor de la anticipación, aunque siguió rezando. - -He estado esperando este momento - -dijo el Oscuro, susurrando a su oído y enviando corrientes de energía por los brazos débiles de la mujer que le erizaron el vello. Nunca había estado tan íntimamente cerca de un hombre, no desde que sus votos le habían apartado de la vida normal. Sentía la atracción magnética de la carne, y a punto estuvo de gritar de vergüenza y deseo. - -Déjame... - -susurró, sorprendiéndose a sí misma con la fuerza de sus palabras - -. Regresa a la sombra que te ha engendrado. Déjame... - -déjanos en paz. - -No puedo hacerlo, Agnes - -siguió la sombra suavemente - -. Significas demasiado para mí. He aprendido de ti, pero he compartido  muy poco. Ya es hora de que aprendas lo que tengo que ofrecer, como han hecho tus pequeñas hermanas. Así lo deseas, ¿no, Agnes? La mujer apartó aún más la cabeza, consciente de que el movimiento desnudaba su garganta, y apartó los rizos encanecidos con el mismo movimiento, aun sabiendo que no era decoroso. No hubo contacto, ni del aliento ni de dolor. Lo único que sentía era su cercanía, pero eso bastaba para devastar su control mientras él seguía hablando. - -Rezas a un salvador que dejó hace mucho la tierra - -dijo - -. Malgastas tu vida y tu amor en alguien al que solo verás después de que te hayas convertido en polvo, si es que alguna vez lo conoces. Fuiste una mujer bella. Agnes... llena de vida. - -Sirvo a mi Señor - -susurró desesperada - -. Permaneceré junto a él en la Gloria, y esto no será más que un momento oscuro en el tiempo... una nada sin significado. - -Te equivocas - -dijo él, poniéndole una mano gentil en el hombro - -. Seguirás en pie cuando él regrese, en la carne que ahora te constriñe, y se dará la vuelta. Entonces llegó el dolor, el mordisco de algo afilado penetrando en su garganta, seguido por una oleada tras otra de placer. Agnes tembló, y sus brazos cayeron a los lados con una liberación repentina, aferrándose inmediatamente a la silla. Sintió cómo la vida huía de su cuerpo envejecido, y notó el robo de una vida de fe. Era demasiado. Una pequeña llama aún ardía en su interior, una luz que podía percibir a través de la oscura neblina de sensaciones que comenzaba en la mano del Oscuro sobre su hombro, extendiéndose en oleadas que amenazaban con consumir su humanidad. Puso en blanco su mente y cesó en su lucha, concentrándose en la luz. Había otras presiones. El hombre asaltaba su carne, pero también trataba de violar su mente, sus recuerdos. Estaba buscando algo, y la repentina idea de que negarle aquella información sería una victoria le dio el foco necesario para acercarse a la llama de su propio ser. Podría tener su sangre (sabía que era eso lo que le estaba robando), pero no lograría su alma. No le arrastraría a la pesadilla de su existencia siniestra, y no obtendría la respuesta que buscaba en su interior.  A medida que las fuerzas desaparecían y la luz crecía hasta llenar su mente, sintió un repentino influjo de energía. No la tendría. La carne era la jaula que le ataba al mundo, pero dentro de la luz que crecía y latía ante ella sintió las manos de su Redentor, acercándose a ella.

instapanel CINTAC

Jul 30, 2017
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