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El universo de Giordano Bruno

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Este trabajo presenta, en primer lugar, una lectura de las principales aportaciones de este autor a la física celeste: la infinitud del universo, la inexistencia de una esfera celeste que lo encie-rre, la homogeneidad del espacio (infinito) y de la
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  El Universo de Giordano Bruno Universidad de Barcelona María Isabel Matas Salvá Abstract:  Este trabajo presenta, en primer lugar, una lectura de las principales aportaciones de este autor a la física celeste: la infinitud del universo, la inexistencia de una esfera celeste que lo encie-rre, la homogeneidad del espacio (infinito) y de la materia (infinita). Un análisis sobre la relación entre Dios y universo, potencia infinita y efecto infinito. Y, finalmente, la presentación del movi-miento eterno en el que se encuentra el cosmos, y el movimiento intrínseco de los astros, concep-ción, como se verá, animista y mágica con la que Bruno piensa el universo. Se enfatizarán, asimis-mo, las razones de la especial incompatibilidad de estos principios con la física aristotélica y la pre-sentación de estas aserciones no como especulación matemática, sino como realidad física. Palabras clave : infinitud, homogeneidad, universo, vacío, mundos, necesidad, libertad, divinidad, movimiento, magia, virtud.   1  Introducción  Nacido el año 1548 en Nola, muere ejecutado en 1600 en la plaza Campo dei fiori  de Roma. Considerado el principal representante de la doctrina del universo infinito, Giordano Bruno es, no 1 obstante, más comúnmente reconocido por los controvertidos episodios que encarnó su desalenta-dora biografía. En su vida experimentó constantes enfrentamientos con las autoridades religiosas, lo que le obligó a quince años de exilio por un gran número de ciudades europeas: «Ginebra, Tolosa, París, Londres (donde entró en contacto con los ingleses copernicanos Thomas Digges y William Gilbert), París de nuevo, Wittenberg, Praga, Helmstädt, Francfort». A los cuarenta y tres años regresó a Ita 2 -lia, se instaló primero en Padua y después en Venecia, ciudad en la que creía tener protección del noble Juan Mocenigo quien, en un primer momento, mostró un especial interés por sus estudios so- bre la memoria, pero que, desafortunadamente, terminó delatándolo. Acusado de gravísimos cargos, fue detenido, enviado a Roma y condenado por la Inquisición a morir en la hoguera. El papa Clemente VIII dudó acerca del castigo que le sería impuesto, pues quería evitar, a toda costa, convertir a Giordano en un mártir. Sin embargo, el 8 de febrero de 1600, se le condenó a muerte por herejía. Se dice que después del proceso judicial, tras escuchar el veredicto de la Inqui-sición romana, respondió a sus inquisidores “ Tremate forse piu voi nel pronunciar la sentenza che oi nel riceverla ” (“más tembláis quizá vosotros al pronunciar la sentencia que yo al escucharla”). 3 Las sospechas del papa Clemente VIII acabaron siendo una realidad: el nombre de Giordano Bruno tras su muerte ganó una fama considerable, convirtiéndose, en representante de la Revolución cien-tífica, y si se quiere, en el santo patrono del libre pensamiento y la apasionada búsqueda de la ver-dad. Respecto a su formación, Bruno representa el prototipo de hombre renacentista, se interesó tanto por la filosofía griega, formándose con Aristóteles, los atomistas, platónicos y neoplatónicos, [vid.] Koyré, A. (1999), «La nueva astronomía y la nueva metafísica (N. Copérnico, Th. Digges, G. Bruno 1 y W. Gilbert)»,  Del mundo cerrado al universo infinito, Siglo XXI, Madrid, p. 42: «No cabe duda de que la infinitud esencial del espacio nunca se había sostenido antes de un modo tan directo, definido y consciente». Ana Rioja y Javier Ordoñez (2004), Teorías del Universo. Volúmen I. De los pitagóricos a Galileo , Síntesis, 2 Madrid, p. 165. Víctor Gómez Pin (5/02/2000) «Recuerdo de Giordano Bruno», El País. 3  2  en especial, Plotino; la cosmología, leyendo a Ptolomeo y Copérnico, la teología, con Tomás de Aquino y los escolásticos; como por disciplinas tales como la astrología, la magia y la alquimia. Es importante subrayar, asimismo, su estudio del arte de la memoria en Ramón Llull y, en concreto, la notable influencia que tuvo de Nicolás de Cusa. Por otra parte, este autor fue de los pocos pensadores de su tiempo que abandonó el sistema  ptolemaico por el copernicasnismo. «Dos son las obras (en forma de diálogo) en las que aborda la defensa de esta nueva cosmología:  La Cena de las Cenizas  y Sobre el infinito universo y los mun-dos . Ambas fueron escritas en italiano durante su estancia en Londres y publicadas en 1584». De 4 especial relevancia es también su obra  De la causa, principio y uno , en la que comenta temas como la infinitud y homogeneidad del universo. 1. Universo infinito homogéneo. Infinitos mundos en un espacio infinito.  Como se ha mencionado, Bruno es el pensador de lo infinito, para éste, lo coherente es pen-sar la existencia de un universo infinito; esto es, un espacio infinito que alberga infinitos mundos. En el diálogo primero de Sobre el infinito, el universo y los mundos , Giordano retracta la afirmación aristotélica de la finitud del universo de acuerdo a la concepción de lugar del estagirita, según la cual; el lugar de un cuerpo es la superficie externa que lo delimita, siendo el universo un todo pleno, en el que no existe el espacio vacío. El autor revela la existencia de una contradicción en esta predicción de finitud: pues si el mundo es finito y fuera de éste no hay nada, esta definición de lugar, inevitablemente, indica que el mundo no está en ningún sitio. «Será algo que no se en-cuentra»; porque, precisamente, para Aristóteles, lo que no tiene cuerpo envolvente no se encuentra 5 en ningún lugar. Por consiguiente, si “afuera” del mundo se dice que hay “nada”, ésta tiene que en-tenderse como espacio vacío, cuya función es la delimitación del mundo: «yo preguntaré una y otra vez ¿qué hay más allá de ella? Si se responde que no hay nada, yo diré que esto es el vacío […] que Ana Rioja y Javier Ordoñez, Teorías del Universo. Volúmen I. De los pitagóricos a Galileo, cit., p. 166. 4  Bruno, G. (1993),  Del Infinito: el universo y los mundos , trad. Miguel A. Granada, Tecnos, Madrid, p. 104. 5  3  no tiene límite». Al necesitar la noción de vacío para establecer la propia finitud del mundo, Bruno 6  prueba la incoherencia de un universo finito. Por otra parte, añade que tampoco es válido situar en el “afuera” a la divinidad, pues otorgarle, a una fuerza infinita, la función de llenar el vacío y deli-mitar un cuerpo, sería insinuar que es de naturaleza contraria a su potencia ilimitada. Queda esta- blecido que el universo se encuentra en un espacio vacío e ilimitado, esto es, espacio infinito. Simultáneamente, en el espacio «no hay diferencia alguna; donde no hay diferencia, no hay distinción de capacidades», por esto, necesariamente su naturaleza ha de ser uniforme. Así, el es 7 - pacio, además de infinito, es homogéneo, formado por el vacío y los cuatros elementos: fuego, aire, agua y tierra. Se substituye, de esta manera, la aristotélica separación natural, mundo supralunar-sublunar, por un todo igual a sí mismo. Simultáneamente, si el mundo no está situado en un lugar 8  preferente para su existencia, nada impide la disposición de otros mundos en el espacio: «así como estaría mal que este espacio no estuviera lleno, es decir, que este mundo no existiera, no está menos mal -por la indiferencia- que todo el espacio no esté lleno; y por consiguiente el universo será de dimensión infinita y los mundos serán innumerables». En el espacio infinito, hay infinita materia, 9 infinitos sistemas solares, denominados por Bruno,  synodi ex mundis  (asamblea de mundos). 10  Por otra parte, esta infinitud homogénea del espacio hace inverosímil la aristotélica creencia del mundo delimitado por una esfera celeste de estrellas fijas. Al haber infinitud de mundos espar-cidos por el espacio infinito, hay a su vez, infinitud de astros situados a distintas longitudes respecto a la tierra. Así, ver todas las estrellas compartiendo la misma distancia entre sí, y respecto a noso 11 -tros, configurando, inmóviles, una esfera, es, en realidad, una ilusión óptica que afecta al sujeto que  Ibídem , p. 106. 6  Idem. 7  Ana Rioja y Javier Ordoñez, Teorías del Universo. Volúmen I. De los pitagóricos a Galileo, cit., p. 168. 8 «La distinción Cielo-Tierra, en consecuencia, es absurda. Más bien resulta que la materia, al igual que el cie-lo, es homogénea». Bruno,  Del Infinito: el universo y los mundos, cit., p. 109. 9  Sobre este concepto bruniano véase Miguel A. Granada, « Synodus ex mundis » en Eugenio Canone y Ger  10 -mana Ernst (eds.),  Enciclopedia Bruniana e Campanellina , Pisa-Roma, Fabrizio Serra, 2010, cols. 142-154. [vid.] Bruno, G. (2015),  La Cena de las Cenizas, trad. Miguel A. Granada, Tecnos, Madrid p. 49-51. «Así 11 conocemos tantas estrellas, tantos astros, tantos númenes, como son todos estos centenares de miles que asis-ten al servicio y contemplación del primero, universal, infinito y eterno eficiente […] Así nos vemos llevados a descubrir el infinito efecto de la infinita causa, el verdadero y vivo vestigio del infinito vigor».  4  se encuentra observando desde un punto concreto, la tierra, donde ve del mismo tamaño y distancia, tanto estrellas grandes más lejanas como estrellas pequeñas más cercanas. Del mismo modo, si todo es unidad homogénea, todo es un solo Ser, tampoco existe un centro del universo (centro en el que los aristotélicos sitúan la tierra), pues solo es posible hablar de centro en un sistema cerrado, finito. 12  Pues bien, esta distribución de los cuerpos por la región etérea era ya conocida por Herá-clito, Demócrito, Epicuro, Pitágoras, Parménides […] conocían un espacio infinito, una región infinita, una materia infinita, una infinita capacidad de mundos innumerables y se-mejantes al nuestro, todos los cuales efectúan sus movimientos circulares al igual que la tierra el suyo y por eso se llamaban antiguamente ethera, […] espejo vivo de la infinita deidad. Sin embargo, la ciega ignorancia ha privado a estos cuerpos el nombre de ethera y lo ha atribuido a ciertas quintaesencias en las que éstas luciérnagas y linternas estarían clavadas como otros tantos clavos.   13  Debido a que las estrellas se encuentran a mucha más distancia de la tierra que otros plane-tas, no percibimos en ellas ni movimiento ni cambio de situación, sino meros puntos que mantienen  posiciones relativas, equidistantes a la tierra. Sin embargo, no por esto hay que denominarlas “fijas”, pues están en movimiento y su situación respecto a otras va variando; aunque, para los que las observemos «al igual que en el horizonte, todas las cosas nos parecen situadas a la misma dis-tancia aunque no lo estén». Además, Bruno indica que, debido a la homogeneidad de la materia 14 del universo, los astros no son tan distintos como suele decirse, sino, todo lo contrario, comparten la misma composición natural que la tierra, o la propia luna. 15  [vid.] Bruno, G. (2018),  De la causa, principio y uno , trad. Miguel A. Granada, Tecnos, p. 138-139. «Así 12  pues, dado que el infinito es todo lo que puede ser […] Si el punto no es diferente del cuerpo, ni el centro de la circunferencia, ni lo finito de lo infinito, ni el máximo del mínimo, podemos afirmar con toda seguridad que el universo es todo centro o que el centro del universo está en todas partes y que la circunferencia no está en parte alguna en la medida que es diferente del centro; o bien que la circunferencia está en todas partes,  pero su centro no se halla en ningún sitio en la medida en que es diferente a ella». Bruno,  La Cena de las Cenizas , cit., p. 191. 13  Ana Rioja y Javier Ordoñez, Teorías del Universo. Volúmen I. De los pitagóricos a Galileo, cit., p. 167. 14  [vid.] Bruno (2015),  La Cena de las Cenizas , trad. Miguel A. Granada, Tecnos, Madrid, p. 49: «Demuestra 15 hasta qué punto aquellos cuerpos que vemos a lo lejos son semejantes o desemejantes, mayores o peores que aquel que está a nuestro lado y al que estamos unidos […] sabemos que si estuviéramos en la Luna o en otras estrellas no estaríamos en un lugar muy diferente a éste y acaso en uno peor».  5
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