Documents

Murakami, Haruki - La Caza Del Carnero Salvaje.pdf

Description
HARUKI MURAKAMI La caza del carnero salvaje Haruki Murakami (Kobe, 1949) estudió teatro clásico griego en la universidad de Waseda; después dirigió un club de jazz hasta 1981, fecha en la que publicó su tercera novela, La caza del carnero salvaje, que obtuvo el premio Noma para nuevos narradores y le lanzó internacionalmente. Desde entonces se dedica exclusivamente a escribir; ha publicado tres novelas más, de las que se han vendido millones de ejemplares, y ha recibido, el premio Tanizaki, c
Categories
Published
of 295
All materials on our website are shared by users. If you have any questions about copyright issues, please report us to resolve them. We are always happy to assist you.
Related Documents
Share
Transcript
    La caza del carnero salvaje  HARUKI MURAKAMI    Haruki Murakami (Kobe, 1949) estudió teatro clásico griego enla universidad de Waseda; después dirigió un club de jazz hasta1981, fecha en la que publicó su tercera novela, La caza del carnero salvaje, que obtuvo el premio Noma para nuevosnarradores y le lanzó internacionalmente. Desde entonces sededica exclusivamente a escribir; ha publicado tres novelas más,de las que se han vendido millones de ejemplares, y harecibido, el premio Tanizaki, convirtiéndose en el escritor másprestigioso de su generación. Paralelamente ha traducido al japonés obras de Scott Fitzgerald, Raymond Carver y John Irving,entre otros.    I. 25 DE NOVIEMBRE DE 19701.LA EXCURSIÓN DEL MIÉRCOLES POR LA TARDELo supe gracias a la llamada -de un amigo, que casualmente se enteró porel periódico de que ella había muerto. Me leyó despacio el artículo  —  un simplepárrafo en un diario matutino  —  por teléfono. Un articulillo de nada. Y contoda la pinta de ser un ejercicio de práctica encargado a un periodista novato,recién salido de la universidad.En el día tal del mes tal, en cierto barrio de la ciudad, un camión,conducido por fulanito de tal, había atropellado a una mujer. El chófer, en fin,quedó a disposición judicial para aclarar sus posibles responsabilidades. Aquello sonaba como esos resúmenes informativos tipo telegrama queaparecen en la primera plana de algunos periódicos.  —  ¿Y dónde será el entierro?  —  le pregunté a mi amigo.  —  ¡Qué sé yo!  —  me contestó  —  .. ¿Tú crees que esa chica tenía casa y familia?Naturalmente, las tenía.Ese mismo día llamé a la policía para informarme del domicilio familiarde la joven y su teléfono. Acto seguido, telefoneé para preguntar a susfamiliares la fecha del entierro. Como dice el refrán, el que la sigue la consigue.Su casa estaba en uno de los arrabales de Tokio. Desplegué el plano  —  distribuido por distritos  —  de la ciudad, y con un bolígrafo rojo marqué lasituación del edificio. Ciertamente, se trataba de uno de los suburbios másdegradados de Tokio. Las líneas de metro, de ferrocarril y de autobús seentramaban y se superponían como una desquiciada tela de araña, eincontables albañales fluían entre un laberinto de callejas, dejando el terrenotan arrugado como la corteza de un melón   El día del entierro tomé un tranvía en la parada de la Universidad Waseda. Me apeé poco antes del final de la línea, y allí eché mano de mi planopor distritos de Tokio. Pero el tal plano me fue tan útil como un globoterráqueo. Así que para llegar a la casa opté por pararme a cada momento acomprar tabaco y preguntar de paso por el camino.La casa era una vieja construcción de madera rodeada por una cerca decolor ocre. Pasada la cancela, a mano izquierda se extendía un jardincito tanestrecho que no pude menos que preguntarme para qué diablos serviría. Allí,en un rincón, yacía abandonado un viejo e inútil brasero de arcilla, en elinterior del cual había casi un palmo de agua de lluvia. La tierra del jardín eraoscura y estaba sumamente húmeda.Quizá porque ella se había marchado de casa a los dieciséis años, elentierro se celebró en la más estricta intimidad. Los allí presentes eran en sucasi totalidad parientes ya mayores; el hombre que se ocupaba del ceremonial,de poco más de treinta años, debía de ser hermano o cuñado de la difunta.Su padre era un hombre achaparrado, cincuentón, que vestía traje negroy llevaba un brazalete blanco de duelo. Permanecía de pie junto a la puerta,prácticamente inmóvil. Su figura me recordó el lustroso asfalto de una carreteratras el paso de una riada. Al marcharme, me incliné ante él en silencio. Y él me respondió con unamuda inclinación.* * *La conocí en el otoño de 1969. Entonces yo tenía veinte años y elladiecisiete. Cerca de la universidad había una pequeña cafetería donde solíacitarme con mis amigos. No era nada del otro mundo, pero los asiduossabíamos que allí escucharíamos rock duro mientras bebíamos un caféindescriptiblemente malo.Ella se sentaba siempre en el mismo sitio, hincaba los codos en la mesa y se quedaba absorta en la lectura de un libro. Sus gafas de montura metálica,semejantes a un aparato de ortodoncia, y sus huesudas manos le daban unindefinible atractivo que invitaba a acercársele. Su café estaba siempre frío,mientras que su cenicero se hallaba indefectiblemente rebosante de colillas. Loúnico que variaba era el título del libro. Tanto leía a Mickey Spillane como aKenzaburo Oé o al poeta Allen Ginsberg. En resumidas cuentas, parecía que
We Need Your Support
Thank you for visiting our website and your interest in our free products and services. We are nonprofit website to share and download documents. To the running of this website, we need your help to support us.

Thanks to everyone for your continued support.

No, Thanks