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Mirando desde los escombros

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  Mirando desde los escombros. “Sería fácil hacernos desaparecer con una bala de fusil, si no fuéramos algo más que individuos aislados, y en ese caso, no tendría objeto contar historias. Pero cada hombre, no es tan sólo él mismo, sino el punto único, singular e importante en el que se entrelazan los fenómenos del mundo, una sola vez y nunca más...” Herman Hesse, Demian . Desde hace tiempo cargo con un sentimiento que me abate y recientemente se ha intensificado. Siento que avanzamos forzados por un sinuoso camino directo al abismo. La retórica del modernismo devino en el pandemónium desolado en el que vivimos hoy: se materializó la vida, se burocratizó la sociedad, se masificó el pensamiento, se impusieron valores frívolos para favorecer a un implacable mercado, los cuales han apagado, en aras del consumismo y bajo el espejismo del progreso, una vital llama que había perdurado encendida en el interior del ser humano: se ha atacado de manera sutil pero brutal, hasta la muerte, todo vínculo con un ideal supremo. Me temo que no hay posibilidad de detener la inminente caída, estamos imbuidos en lo que Houellebecq definió como una mutación metafísica 1   y antes de que se me acuse de pesimista, quisiera recordar las palabras de Tarkovski cuando escribe: “…las consecuencias de nuestra manera de vivir, de nuestra conducta, saltan a la vista: la erosión de la individualidad a causa de un abierto egoísmo, la degradación de los lazos humanos… y, más alarmante aun, la pérdida de toda posibilidad de regresar a esa forma de vida espiritual superior que es la única digna de la humanidad y que representa la única esperanza que el hombre tiene de salvarse”  . 2  Resuena en mi la misma pregunta que resonó en el poeta ruso y que debería plantearse todo aquel que quiera tomar una cámara y hacer del cine su modo de vida: ¿Cuál es mi responsabilidad como cineasta? En cierto sentido, el malestar de nuestra época encuentra su srcen y se refleja en el empañado espejo de la otrora Viena de los Habsburgo, cuando el mundo 1  “Las mutaciones metafísicas –es decir, las transiciones radicales y globales de la visión del mundo adoptada por la mayoría- son raras en la historia de la humanidad. Como ejemplo, se puede citar la aparición del cristianismo. En cuanto se produce una mutación metafísica, se desarrolla sin encontrar resistencia hasta sus últimas consecuencias… No se puede decir que las mutaciones metafísicas afecten especialmente a las sociedades debilitadas, ya en declive. Cuando apareció el cristianismo, el Imperio romano estaba en la cúspide de su poder; perfectamente organizado, dominaba el universo conocido; su superioridad técnica y militar no tenía parangón; aun así, tampoco tenía la menor oportunidad. Cuando apareció la ciencia moderna, el cristianismo medieval constituía un sistema completo de comprensión del hombre y el universo; servía de base al gobierno de los pueblos, producía conocimientos y obras, decidía tanto la paz como la guerra, organizaba la producción y la distribución de los bienes; nada de todo esto iba a impedir que se viniera abajo”. Michel Houellebecq, Las partículas elementales , (España, Anagrama, 1999), pg. 8 2  Andrey Tarkovski, Esculpir el tiempo  (México, CUEC UNAM, 2016), pg. 233.  se debatía entre dos formas de conocimiento, dos teorías del mundo; 3  aquella descendiente de la Ilustración que apelaba al individualismo, la libre competencia, la expansión de la civilización y la lógica de la razón por sobre lo espiritual; en contraste, existía una visión que anhelaba el bienestar común, el apego a las tradiciones culturales, la búsqueda, individual y colectiva, por alcanzar el ideal supremo y la verdad absoluta.   No es casual que en el universo de las letras germánicas, el periodo entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, sea abundante el pensamiento sobre el destino de la humanidad, expresado, muchas veces, en discusiones sobre cultura y civilización: desde el pensamiento de Nietzsche y su anuncio de la muerte de Dios (que no es más que el anuncio de la muerte de una era de la cultura Occidental), hasta El hombre sin atributos  de Robert Musil; había en los intelectuales de la época una preocupación por la encrucijada y temían que el liberalismo de la época emprendiera un camino directo hacia la industrialización y el consumismo global; después vino, imagino, una frustración por el inevitable curso de aquella mutación metafísica que, pese a todo, ya había iniciado su silenciosa marcha a mediados del siglo XVIII, 4  impulsada por La Enciclopedia , la obra cumbre de la Ilustración. Sobra decir que la profecía de una sociedad alienada que deambula en un mundo vacío, se cumplió.  Algún incauto lector podrá creer que no tuvieron sentido, entonces, los esfuerzos de estos autores por volcar su pensamiento. Sin embargo, en el arte ningún esfuerzo por transmitir una verdad es en vano. No sólo son parte integral del proceso histórico, sus obras, que han trascendido en el tiempo, nos dan la posibilidad de mirar acontecimientos lejanos y ajenos, pero tan cercanos en cuanto a su significación; la experiencia emocional del hombre actual esta vinculada a la experiencia emocional de las generaciones pasadas, tener la dicha de poder descubrir este vínculo a través del arte genera, entre otras cosas, la necesidad de nuestra propia introspección. Sin embargo, en la actualidad, las instituciones que controlan a la ciencia, como al arte, han pervertido su función esencial y se han entregado a los fríos intereses del mercado y las corporaciones. La tecnología bélica avanza sin mesura en la perfección de su armamento balístico-químico-biológico-hipersónico, mientras, en múltiples geografías, la gente continúa muriendo por añejas enfermedades como la neumonía o el cólera; de la misma manera, es común escuchar a publicistas y diletantes que adjudican el concepto de “arte” a sus supercherías, mientras el individuo tiene cada vez menos oportunidad de acceder a una obra que produzca en su alma una experiencia que lo sublime, que lo toque en lo más profundo de si. 3  Juan Cristóbal Cruz Revueltas, La incertidumbre de la modernidad (México, Publicaciones Cruz O., 2002), pg. 17 4   Ibid  ., pg. 40  En Latinoamérica y en el mundo estamos viviendo la expansión de una política de extrema derecha que no ha perdido tiempo en difundir su pensamiento desde las redes sociales hasta los medios tradicionales. Hay un intento evidente por dividir a la sociedad ideológicamente, ahogándola en un exceso de información que polariza y creando una ilusión de realidad que en muchos casos, es falsa. Sin embargo, más allá de las altas esferas que controlan al mundo, el ciudadano de pie está sufriendo una brutal confusión por la creciente complejidad del mundo que nos rodea. Como he declarado líneas arriba, el individuo ya no encuentra en el arte contemporáneo un refugio para asimilar esta confusión, identificarla, reconocerla o, en el mejor de los casos, comprenderla desde su posición, los inversionistas, productores y distribuidores no están interesados en ello. Por otro lado, las escuelas de arte no estimulan la conciencia crítica en sus alumnos, se limitan la mayoría de las veces a enseñar aspectos técnicos, con los cuales podrán después insertarse en el mundo del entretenimiento y la publicidad para así continuar con la maquinaria que crea deseos y vende ilusiones tras el espejismo de “libertad”. El caso del cine es revelador en este sentido, sus orígenes se remiten a esa crispada época donde la humanidad se desvió por el nebuloso sendero del progreso, no tardó en ser abducido por intereses propagandísticos y meramente lucrativos, así lo reconoce Pasolini: “La realidad es que el cine, en el momento mismo en que se ubicó también como nueva técnica o género nuevo de expresión, se ubicó también como nueva técnica o género de espectáculo de evasión, con una cantidad de consumidores inimaginable para todas las otras formas expresivas…”. 5    No es arriesgado entonces pensar que la motivación de muchos aspirantes a las escuelas de cine es insertarse en una frívola dinámica de reflectores, alfombras rojas, y, finalmente, sentirse parte de una élite del entretenimiento que nada tiene que ver con el acto de creación. Es lógico creerlo puesto que habitamos este mundo material de apariencias, pero si no fuera el caso, aun hay un riesgo latente: estos aspirantes han sido educados bajo los valores que promueve esta sociedad, si no han tenido la voluntad de invertirlos, pueden, sin saber, crear contenidos que perpetúen estereotipos, o peor aun, acrecentar la confusión. Al respecto, Tarkovski escribe: “…En años recientes nos hemos encontrado con más y más jóvenes que llegan a las escuelas de cine ya listos para hacer aquello que hay que hacer… Es penoso. Los problemas técnicos son juegos de niños; se pueden aprender cualquiera de ellos. Pero el pensar con 5  Pier Paolo Pasolini, El cine como semiología de la realidad (México, CUEC UNAM, 2006), pg. 15.  independencia y dignidad no es igual que aprender a hacer algo, como tampoco lo es tener una personalidad propia”  . 6  El cine, al reproducir la realidad y expresar la vida en tanto hechos que transcurren en un tiempo específico, debe expresar la condición humana en su espectro completo, ser fiel a la realidad emocional del ser humano y no encajar en correcciones políticas, ni apoyar o refutar ciertas ideas o modos de vivir. El cine debe estar lo más próximo a la vida y no a posturas impuestas desde el acto maquiavélico del poder. Hemos llegado a un punto crítico donde la frágil relación entre los individuos esta mermada y el vínculo con la sociedad es tenso, ésta es percibida, en este darwinismo social que avala la destrucción del otro en aras del “éxito personal”, como una entidad que oprime. Es necesario hacerle ver de nuevo al ser humano que el fin último de la vida no es la acumulación de bienes y encender en su interior esa llama que nos regrese al camino del bien común: “ Ése es el deber sagrado que la humanidad tiene para con su propio futuro, y el deber de cada quien…”. 7    6  Andrey Tarkovski, op. cit. , pg. 136. 7   Ibid.,  pg. 220.
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