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Montaigne en tres momentos, III: Traducciones

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En la primera entrega de esta serie me ocupé de describir brevemente las ediciones de los Essais de Montaigne entre 1580 y 1595. En la segunda hice un recorrido sumario por las divergentes tradiciones filológicas que se han ocupado del libro de
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  1   © Carlos García (Hamburg) Carlos García (Hamburg) [carlos.garcia-hh@t-online.de] Montaigne en tres momentos, III: Traducciones [En la primera entrega de esta serie me ocupé de describir brevemente las ediciones de los Essais de Montaigne entre 1580 y 1595. En la segunda hice un recorrido sumario por las divergentes tradiciones filológicas que se han ocupado del libro de Montaigne, sobre todo a partir de fines del siglo XX. Aquí me ocupo de las últimas traducciones al castellano. La lectura de esta entrega presupone la de las primeras dos partes del trabajo.] Echaré ahora una rápida mirada a dos traducciones de los Essais  al castellano, aparecidas entre 2007 y 2014: 1   -Los ensayos  (según la edición de 1595 de Marie de Gournay). Prólogo de Antoine Compagnon. Edición y traducción de J. Bayod Brau. Barcelona; Acantilado, 2007, 1736 pp. -Ensayos  [según el ejemplar de Bordeaux]. Edición bilingüe. Traducción y notas de Javier Yagüe Bosch. Barcelona: Galaxia-Gutenberg, 2014, 2400 pp. ¿Qué tienen en común las nuevas ediciones castellanas? En primer lugar, el que ambas hayan surgido, paradójicamente, en Barcelona. Por otro lado, es de notar que los traductores han obrado no solo como tal, sino en gran parte también como editores de los srcinales que traducen: la elección del texto base no ha sido fortuita, sino plenamente intencionada, con base en las discusiones de los últimos decenios (quizás también favorecida por intereses comerciales de las casas editoriales para las cuales trabajan). 2  Cada traductor ha tomado como punto de partida el texto francés que conside-raba el mejor: Yagüe Bosch adoptó el de la edición Tournon (último testigo de EB), mientras que Bayod Brau conformó su propio srcinal en base a la edición de Ceard (EP). Ambas versiones coinciden también, curiosamente, en que se apartan, en dife-rente medida, de la edición que han tomado como punto de partida. La de Acantilado, por ejemplo, elige el texto de 1595 como base, pero adopta la manera de presentarlo propuesta por los editores del ejemplar de Bordeaux 1  Sobre las precedentes, véase Núria Petit: “Las traducciones al castellano de los Essais  de Mon taigne en el siglo XX”: Fran cisco Lafarga Maduell, Antonio Domínguez (coords.): Los clá-sicos franceses en la España del Siglo XX. Estudios de traducción y recepción . Barcelona, PPU, 2001, 81-88. De entre ellas sobresale: Ensayos . Edición y traducción de María Dolores Picazo y Almudena Montojo. Madrid: Cátedra, 1985-1992 (Clásicos universales). La versión de Marie-Jose Lemarchand (Madrid: Gredos, 2005) adolece de muchos galicismos. 2  En inglés y sobre todo en francés, Montaigne ya no es, desde el punto de vista económico, una quantité négligéable : hay constantemente nuevas ediciones, existen asociaciones, se pu-blican periódicos y revistas que le están dedicados en exclusiva, hay diversos proyectos elec-trónicos en universidades de varios países, actividades de las bibliotecas que cobijan ediciones srcinales, y hasta la región de Bordeaux y sus alrededores se benefician del hype  montai-gnista: Montaigne sells .  2   © Carlos García (Hamburg) (EB), donde se presta atención a los diferentes estratos del texto (con una nota-ción diferente a la arriba utilizada por mí: A = 1580, B = 1588, C = 1595). Yagüe Bosch, por su parte, tuvo el buen tino de utilizar el sistema de signos de Villey / Tournon en el texto francés, pero de obviarlo en su traducción. Si bien ambos traductores se han beneficiado de la ingente labor llevada a cabo en los últimos dos decenios por investigadores y especialistas, sobre todo fran-ceses e ingleses, debe constatarse que ambos han hecho un enorme trabajo, que exige y merece respeto intelectual. Será, pues, dentro de ese marco de recono-cimiento que haré algunos comentarios críticos a ambas ediciones. Ambos han traducido su respectivo texto lo mejor que han podido. Fuerza es reconocer que Montaigne no es fácil de traducir, precisamente porque es enga-ñosamente fácil aquí y allá. En cualquier traducción de esta envergadura se pueden encontrar errores e inconsecuencias. Por ello no me detendré en minu-cias, aunque las hay en ambas ediciones. Sí es de lamentar que haya algunas erratas que dificultan la comprensión de al-gunos pasajes. 3  La alta cantidad de páginas (1728 numeradas en la edición de Acantilado; 2393 en la bilingüe de Galaxia) exige su tributo: la encuadernación cobra así un papel importante, del cual Acantilado sale más airosa: varios ejemplares de Galaxia os-tentan problemas de encuadernación y adhesión (la cabezada se desprende del lomo). Al estudiar la edición de Acantilado, el lector atento encuentra ya en la primera línea de la contraportada errores que le insuflan dudas acerca de lo que vendrá. Se dice allí: “En 1580, Michel de Montaigne dio a la imprenta la primera edición de sus dos libros de Los ensayos .” Esa aseveración es ligeramente incorrecta: la primera edición se llamó apenas Ensayos  ( Essais de Messire Michel Seigneur de Montaigne ...); recién la que Mlle. de Gournay publicó en 1595 pasó a llamarse Los ensayos . (Recuérdese que todas las ediciones aparecidas en vida de Montaigne, así como el ejemplar de Bordeaux, siempre hablan de Essais , no de Les Essais . No puede descartarse la posibilidad de que el nuevo título fuese ocurrencia de Gournay, o de L’Angelier, el impresor). El texto de la contraportada continúa: “ El éxito fue tan arrollador que, dos años más tarde, apareció una nueva edición, aumentada con un tercer libro y con notables adiciones y correcciones en los dos primeros.”  Ese aserto es gravemente incorrecto: en 1582 apareció una segunda edición, con algunos pocos agregados, sí, pero no con el tercer libro, que fue publicado por primera vez en 1588, a partir de la que afirma ser la quinta edición, pero quizás fuese la cuarta. (Como ya mencioné, hubo en el intervalo otra edición en 1587, con unos pocos agregados y con nuevos errores de imprenta en comparación con la edición de 1582, si bien subasanaba algunos de las ediciones previas.) 3  Un ejemplo de III 1 (Acantilado, 1186) : “La custodia del secreto de los príncipes es ino portuna para quien no está no lo necesita para nada” .  3   © Carlos García (Hamburg) Sin embargo, no debe achacarse al editor / traductor lo que haya escrito un sola-pista, quizás malinterpretando un pasaje del Prólogo de Antoine Compagnon. 4  Pasemos, pues, al texto mismo. Es cierto que el ajetreado e inconstante lector moderno no es, en general, capaz de seguir las ondulantes evoluciones de la prosa del siglo XVI. Pues entonces, está uno tentado a decir, que no lea a Sir Thomas Browne y que no lea a Mon-taigne. Quien quiera leer a ambos, por su parte, tiene derecho a poder leer traducciones de sus obras que al menos sugieran cómo fueron escritos los srcinales: a veces con frases largas, con períodos de fuerte carga rítmica, y con altamente diferen-ciadas estrategias de escenificación de las respectivas ideas. Véase como ejemplo el capítulo 8 del Libro I: “ De la ociosidad ”  ( “De L’oisi veté ” ): En el srcinal (es decir, en la versión francesa de 1580), el texto ocupa 47 líneas en total. Las primeras dos frases constan de 7 y 6 renglones respectivamente, con puntuación errática, según era usual en la época. En este largo incipit  , Montaigne deja al lector en ascuas: este debe leer 13 ren-glones (un tercio del texto) antes de entender a dónde apunta el autor, qué quie-re decirle. Eso no es torpeza: responde a una intención autorial. Ningún editor, ningún traductor que se precie está autorizado a desbaratar esa estrategia. En la última edición de Pléiade (2007) y en otras ediciones se nos explica que las ediciones antiguas de los Essais  carecían de la repartición del texto en párrafos. Ello es correcto, pero, puestos a hablar sobre el tema, habría que decir algo igual-mente importante: el tipo de letra y el layout   de las páginas eran, en muchos libros de la época, mucho más generosos que hoy en día. Tal es precisamente el caso del primer tomo en la edición de 1580: cada renglón tenía, en general, unos 30 signos, incluidos los espacios en blanco, y una página contaba con unos 20-21 renglones. Extrañamente, el tamaño de los tipos y la diagramación de la página difieren en 1580 entre el Libro I y el II, siendo el texto del segundo tomo algo más apretu- jado: las páginas tienen hasta 25 renglones, con y sin “réclame” . 5  Las ediciones modernas regresan al texto casi sin párrafos, pero lo hacen en pá-ginas de 40 renglones y más de 40 signos por línea, de modo que el efecto obte-nido sobre el lector por ese texto hacinado en la página es totalmente distinto al del srcinal que se asegura reproducir. El lector más antiguo no echaba de menos los párrafos (costumbre aún no difun-dida), porque el texto se le presentaba bien estructurado, aunque de manera 4  Antoine Compagnon es autor, entre otros, de estos libros fundamentales en relación con los temas de los cuales se ocupa: La seconde main ou le travail de la citation  (Paris: Seuil, 1979), Nous, Michel de Montaigne  (Paris: Seuil, 1980) y Chat en poche. Montaigne et l’alle gorie  (Paris: Seuil, 1993). Aportó un prólogo a la edición de los Essais  de la Pléiade. 5  E l “reclamo” es un conjunto de letras (una sílaba, una o dos palabras) q ue se coloca a pie de página para anunciar cómo comienza la página siguiente. Servía, más que nada, para el tipó-grafo o, según algunos comentadores, para quien leía en voz alta ante otros. Cayó en desuso en el siglo XIX.  4   © Carlos García (Hamburg) diferente a la que se acostumbra hoy. Esa mala costumbre ya se ensañó tempra-namente con los Essais . Tras las más holgadas primeras ediciones, el texto fue comprimido cada vez más: 1588: 32 renglones a 64-80 signos (incluidos los espacios en blanco) 1595: 45 renglones a 78-82 signos (incluidos los espacios en blanco. Una incon-secuencia llamativa: los Libros I-II están paginados de manera consecutiva, pero el Libro III tiene paginación propia). La impresión general de las páginas es monó-tona, ya que la imagen del texto apenas se ve interrumpida por alguna cita. Un breve excurso sobre las citas de clásicos de la antigüedad por parte de Mon-taigne: El mismo paquete enviado desde Madrid con el que recibí las dos versiones cas-tellanas de los Essais  aquí comentadas, contenía también los primeros dos vo-lúmenes de Los diarios de Emilio Renzi  , de Ricardo Piglia. Encuentro en unos de ellos este pasaje (II, 412): En la Edad Media todo lector era al mismo tiempo autor que copiaba en su libro los pasajes interesantes de los autores que leía. Luego agregaba sus propios comentarios y de este modo el libro crecía y tomaba forma. Todo eso está dicho, probablemente, sin pensar siquiera en Montaigne, pero puede ser aplicado, a pesar de ciertas inexactitudes, a la manera de trabajar de Montaigne al comienzo de su escritura, antes de que los Ensayos  se le convir-tieran en muy otra cosa. Hay resabios de ello en la profusión de citas de autores clásicos, y en los escolios que de ellos hace (tal era ya el caso de los escritos de Étienne de la Boétie que Montaigne publicó antes de escribir los Essais ); su maniera  apunta a romper con esos moldes, pero no lo hace desdeñándolos, sino desde dentro del sistema. Retomo el hilo: confieso no estar en condiciones de hacer una evaluación de las traducciones en el estilo del ya mencionado y encomiable trabajo de Núria Petit, ya que me falta para ello su formación. A cambio, y como buen diletante, tengo cierta práctica en traducir textos del francés antiguo al alemán y al castellano, si bien nunca publiqué alguno de esos ejercicios. Me basaré, al dar ejemplos, en I 8 (“De la oisiveté”, “De la ociosidad”) un texto breve y altamente estructurado, en el que, a mi modo de ver, todo es premedi-tado y llevado a cabo con gran destreza, especialmente en la primera versión (1580): Dice Yagüe Bosch en la introducción (27-28): habiendo mencionado algo relacionado con los caballos, a partir de ese momento toda la materia léxica  – quién sabe si de forma inconsciente  –  gira durante un tramo en la órbita del mundo equino, de manera que se genera una continuidad de resonancias que es parte de la urdimbre del texto; así, cita un pasaje de Virgilio que contiene la forma verbal immittit (“ desembridó ” , en sentido figurado para el acto de soltar las amarras de una flota); y acto seguido escribe brider (“embridar”), término de equi ta-ción que utiliza, como es común en la época y en los Ensayos , en el sentido de “re fre- nar” las pasiones; después, en dos capítulos consecutivos, reaparece como un eco el verbo brider en diversos contextos; luego nos encontramos con la compleja expresión brides à veaux   [véanse al respecto notas 74, 75 y 220 del libro II] ; en el capítulo siguiente  5   © Carlos García (Hamburg) reaparece dos veces el término bride ; y después se incorpora ya al lenguaje habitual del libro. El autor del pasaje insinúa que el uso de la materia léxica del mundo equino quizás tuviese lugar de manera inconsciente, por inercia del lenguaje. No creo que fuese por inercia del lenguaje. Varios pasajes de I 8 se mueven en el mismo campo (mi traducción): En la primera mitad del texto hallamos, por un lado, la afirmación general: Si no se ocupa el espíritu con un tema determinado, que lo embride y constriña, se lanza desordenadamente, de aquí para allá, por el difuso campo de la fantasía. Y 17 renglones más abajo, la afirmación concreta: Pero veo que, por el contrario, cual caballo desbocado, se toma consigo mismo cien veces más trabajos que los que se tomaba por los demás. El caso demuestra, a mi entender, que no hay nada inconsciente en este proce-der de Montaigne, sino, por el contrario, efectos muy bien calculados. Los traductores no siempre reflejan de manera idónea los múltiples ecos que el capítulo encierra, tanto en la estructura como en el vocabulario (Yagüe Bosch lo hace mejor que Bayod Brau). Compárense las traducciones de esta frase del original: Si on ne les occupe à certain sujet, qui les bride et contraigne, ils [les esprits] se jettent déréglés, par-ci par-là, dans le vague champ des imaginations. Bayod Brau traduce: Si no los ocupamos en un asunto que los refrene y obligue, [los espíritus] se lanzan en desorden, a diestro y siniestro, por el vago campo de las imaginaciones. Y Yagüe Bosch: Si no se la ocupa con un objeto determinado que la embride y contenga, [la mente] se lanza alocadamente, de aquí para allá, por el difuso campo de la fantasía. La última versión recupera el campo semántico relacionado con el caballo des-bocado de la segunda mitad del texto. En la primera versión (“refrene”) , el eco también está presente, pero de manera más lejana. Esta contiene, por lo demás, un error de perspectiva: “obligar” es más activo que “constreñir” o “contener”.   “Asunto” y “objeto determinado” parecen igualmente desafortunados para tra - ducir “certain sujet”, que bien puede ser “un tema concreto”.   “Imaginations” no son “imaginaciones” en el sentid o actual, sino más bien las “ fan tasías” que propone Yagüe Bosch.   Tampoco alude “déréglés” a un mero “desorden”: en el francés antiguo, esa cla-se de términos tenía un sentido mucho más fuerte que hoy en día, por lo cual “alocadamente”, sin ser ideal, pa rece más idóneo. Considerando las propuestas de ambos traductores, yo traduciría ahora: Si no se las ocupa con un tema concreto que las embride y constriña, [las mentes] se lanzan alocadamente, de aquí para allá, por el difuso campo de las fantasías.
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